NidoAzulcrema
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“¡Luces, cámara, acción…Zelaaada!”

NidoCrónicas es un conjunto de historias redactadas por miembros e invitados del Staff de NidoAzulcrema donde, con miras a celebrar el Centenario del Club, nos dan una pequeña muestra de cómo se vive el americanismo.

Por Armando Román
Twitter: @aromanzozaya

Nadie que se diga seguidor del fútbol mexicano ignora quién es y lo que representa Héctor Miguel Zelada Bertoqui: uno de los dos arqueros más grandes en la historia del Club América (el otro es, para mí, Moisés Muñoz; lo que hizo en la final contra el Cruz Azul, en 2013, le ha asegurado un lugar en la eternidad deportiva en general así como en los anales del América en particular). Zelada es igualmente, sin duda, uno de los mejores porteros que han jugado en nuestro país. De hecho, así lo reconocen incluso quienes detestan a las gloriosas Águilas del América.

Zelada llegó al América cuando yo tenía 4 años de edad y jugó con los amarillos durante 8 años. Luego entonces, crecí viéndolo jugar. Como a millones de aficionados azulcremas, me emocionaron sus atajadas, me impresionaban sus vuelos y, al igual que a muchísimos niños americanistas de la época, me ilusionaba ser como él, es decir, convertirme en un excelente arquero y, eventualmente, jugar para un equipo de futbol profesional. Por supuesto, ese equipo no podía ser, y no debía ser, sino el América: sí, cuando yo era niño, quería ser Héctor Miguel Zelada.

columna_armando_6Recuerdo perfecto, por ejemplo, una ocasión en que mi padre me compró unos guantes de portero. Eran de esos guantes que se rompían a las primeras de cambio, pero, para mí, representaban “mi primer paso” para ser Zelada. Usé esos guantes en cascaritas, en sesiones de penaltis con mi papá, quien siempre acomodaba la pelota de manera tal que yo pudiera atajarla y, según recuerdo, hasta dentro de la casa, cuando aventaba el balón contra la pared de mi cuarto para, luego, “volar” para atraparlo cayendo sobre mi cama.

Con mis guantes, o sin ellos, cuando jugaba de portero, siempre intentaba “volar”: incluso cuando era totalmente innecesario, y hasta ridículo, terminar en el pasto con el fin de detener un balón, yo me “aventaba”. Al hacerlo, al detener la pelota, al darme cuenta de que había evitado un gol, me decía a mí mismo “¡Zelaaaada la tieeeene!”. Lo hacía tratando de emular el tono en el que los narradores de la época describían las atajadas de Zelada. En particular, lo hacía como lo hizo Gerardo Peña aquel domingo 10 de junio de 1984, cuando Zelada detuvo el penal cobrado por Cisneros en la final América-Chivas: Cisneros se preparaba para cobrar y Peña comentó: “¡luces, cámara, acción…Zelaaada la tieeene…enooorme…!”.

Yo no escuché la narración original de ese momento, de esa gran hazaña de Héctor Miguel Zelada, pues estaba en el estadio Azteca viendo el partido en vivo. Pero he visto el video correspondiente una gran cantidad de ocasiones y, siempre, cuando escucho a Gerardo Peña narrar el penal, me acuerdo perfecto de la locura que se vivió en el estadio cuando Zelada, el gran Zelada, se hizo del balón pateado por Cisneros. De hecho, eso es lo único que recuerdo con total claridad de todo lo ocurrido ese día en el estadio pues, aunque ya tenía ocho años, la verdad es que no me acuerdo de mucho más.

columna_armando_7Sí: yo estuve ese día en el Azteca y vi a Zelada volar para detener ese penal. Vi a miles de aficionados gritar de emoción –fui uno más con ellos, obvio– como consecuencia de esa atajada. Y sí: fantaseaba que, algún día, sería portero, jugaría en el América, participaría en una final y detendría un penal. Y es que cuando era niño, cuando construía mis mundos de ilusión, cuando soñaba despierto, yo imaginaba, yo deseaba, yo quería ser eterno, inolvidable, enorme: yo quería ser Héctor Miguel Zelada.