NidoAzulcrema
¿Algún día aparecerá?
¿Algún día aparecerá?

Si alguien merece llevar la etiqueta de decepción es Michael Arroyo. El ecuatoriano se ha encargado de demostrar que la playera azulcrema le ha quedado muy grande hasta ahora y la realidad es que tendría que buscar equipo el próximo período de transferencias.

Es verdad que el torneo no ha terminado y que aún queda historia por delante. Aún así, el poco compromiso que ha demostrado el futbolista para con la institución debería ser suficiente para buscar alternativas.

Tras prácticamente cuatro meses de torneo, a Michael se le recuerda únicamente por su apariencia. El cuello levantado, los peinados exóticos, el jersey muchas veces por fuera y los llamativos botines naranjas. Si intentamos recordar alguna acción realmente importante de su parte, es complicado. Más allá de tener cinco asistencias y un solo tanto en lo que va del torneo, no es alguien que marque la diferencia.

Cuando alguien lleva más burlas y provocaciones sobre los rivales que goles, hay algo que no está funcionando.

Arroyo es un jugador inmaduro. En inglés, le llamarían “poser”. Aquel que aparenta ser algo que no es. Si uno no lo “conociera” (en el terreno futbolístico), se podría pensar que es un crack (para el fútbol mexicano, aclaro). Con esa apariencia de “soy el chico malo” casi invita a ficharlo, pues los jugadores “distintos” en todo sentido son los que generalmente dan alegría al fútbol.

La decepción de la que hablamos al inicio es más evidente cuando se revisan sus cualidades. Es un jugador fuerte, de esos que en base a potencia pueden abrirse paso ante una defensa cerrada. Si la vía terrestre no funciona, está el disparo de media distancia. El ecuatoriano remata con mucha fuerza y cuando van al marco, parecen auténticos misiles. Por si fuera poco, tiene el gen de la gambeta. Una finta por aquí o allá y adiós.

El problema principal radica en su inmadurez. No es de extrañar que siendo un jugador con habilidad para jugar al fútbol se la haya pasado brincando en equipos sin tantos reflectores como los que ahora tiene en Coapa. Esta inmadurez le impide adoptar el rol para el que fue contratado: generar fútbol ofensivo y ser protagonista gracias a su fútbol y no a cuestiones como provocaciones a los rivales.

A lo lejos, parece un jugador conformista más preocupado por el lucimiento personal que por realizar lo que le corresponde dentro del terreno de juego. Nunca se le ve con la actitud de ser quien tome las riendas cuando en la cancha se necesita a alguien distinto. Fecha tras fecha, se sigue esperando que “ahora sí sea el partido de Arroyo”, ese que sea el detonante, aquel que ponga todas las piezas en su lugar.

Nada.

El calendario sigue su marcha y Arroyo todavía no ha llegado a Coapa. Lejos está del fútbol que le llevó a marcar ocho anotaciones el torneo anterior y algunos, de gran manufactura.

En otros tiempos, cuando las contrataciones eran minuciosamente analizadas, nunca hubiera llegado a las Águilas. Hoy en día, los bajos estándares en Coapa le permiten saltar a la cancha como titular casi siempre y desplegar un fútbol que termina por ser más desesperante que efectivo.

Mientras no cambie su actitud y termine por adoptar su rol en la cancha, seguirá desperdiciando el fútbol que tiene. Si se le exige y cuestiona, es porque se sabe que puede ofrecer mucho mas. Basta mirar videos de sus anotaciones para darse cuenta. Técnicamente es un jugador con cualidades, pero el apartado mental es el que no termina por dejarle explotar al máximo. Jugadores así, no ayudan a la causa semestral de las Águilas: ganar el título.

Y futbolistas así, sobran en el Club América.