El Glorioso 10 De Junio

Semifinales de la temporada 82-83, ahí comenzó a cocinarse la mayor de las hazañas, la mayor de las venganzas.

Nuestras Águilas habían roto todas las marcas de torneos largos en cuanto a victorias, puntos, goles a favor y goles en contra. Estábamos preparados para obtener nuestro octavo título de liga, listos para barrer a quien sea en la liguilla, y justamente así iniciamos la fiesta grande, arrollando 6-0 al Potosino para enfrentarnos al archirrival tapatío en semifinales. Tras ganar la ida 2-1, nadie podía quitarnos ese sueño de obtener el título que se nos había negado por siete largos años (en América, dos años sin título de liga, es mucho), pero algo sucedió en la vuelta, entre las desconcentraciones, Edgardo Codesal, las broncas y el exceso de confianza, nos golearon tres a cero y estábamos fuera… no sin antes realizar la “jugada maestra” de mermarlos y enviarlos a la final contra Puebla con una buena cantidad de elementos suspendidos.

El hambre de revancha era más grande que nunca en los nuestros, pero el Maestro Reinoso debía trabajar duro en lo futbolístico y también en lo mental, evitando que la eliminación calara hondo en el ánimo para enfrentar el siguiente torneo, el 83-84.

Sin arrasar en la temporada regular como lo hicimos en la campaña previa, volvimos a ubicarnos en la cima de la tabla general; y a diferencia de la liguilla anterior, sufrimos para avanzar a las semifinales, Monterrey fue un rival fuerte en los cuartos de final, incluso se fueron arriba en la serie, pero nuestras poderosas Águilas pudieron empatar en la ida y sacar el resultado por la mínima en la vuelta, gracias a Lalo Bacas.

Para las semifinales, enfrentamos al Cruz Azul, al cual liquidamos desde la ida con marcador de 2 a 0. No nos empleamos a fondo en la vuelta y el marcador no se movió, sabíamos que estaba cercana, muy cercana, la posibilidad de volver a verlos, de toparnos a ese equipo, de cobrar la afrenta del año anterior.

Llegó la cita, el juego de ida en el Estadio Jalisco, el 7 de junio de 1984. Una avalancha amarilla arrasó al rival durante los primeros minutos del partido. Rápidamente conseguimos la anotación por conducto de Carlos Hermosillo en una gran jugada de Brailovsky, pero el silbante anuló la acción y el encuentro seguía 0-0… por solo unos instantes, ya que a los 9 minutos, el mismo Hermosillo la mandó guardar con un poderoso derechazo, tras recibir un pase del “Ruso”.

En la segunda parte, nuevamente llegó la magia de Brailovsky, cuando mandó un pase exacto a la aparición de Mario Alberto Trejo que desvió el balón lo suficiente para vencer al portero Morales. La venganza estaba cada vez más cerca, pero con una reacción en los últimos 11 minutos, ellos consiguieron la igualada. Todo estaba listo para la gran fiesta en el Azteca. La herida de las semifinales del año anterior, estaba a 90 minutos de cicatrizar totalmente.

10 de Junio, el país se paralizó por completo. Había banderas por toda la Calzada de Tlalpan, el Coloso de Santa Úrsula, desde muy temprano se preparaba para recibir el encuentro de clubes más importante en sus 18 años de historia. Era una fiesta total, para todos, que después de las dos de la tarde, sería una fiesta de un solo lado y una tragedia para otros.

El partido inicia. Zelada, Vinicio, el Capitán Furia, Manzo, Trejo, Cristóbal, De Los Cobos, Aguirre, Brailovsky, Echaniz y Hermosillo estaban dispuestos a dejar todo para que el Americanismo tuviera su gran venganza, su gran día.

Pero los fantasmas del año pasado comenzaron a aparecer, nuevamente nos expulsaron a un hombre temprano: Armando Manzo, y después, en un contragolpe, el equipo rival consiguió una pena máxima casi al final del primer tiempo. No hubo otra opción para Zelada que cometer la infracción, se tenía la confianza total para impedir que ellos se fueran arriba desde los 11 metros.

En la cabina de transmisiones se escucharon las palabras que acompañan en nuestra memoria a esta jugada: “Cisneros preparando, silencio, cámara, acción… ¡ZELADA LA TIENE!, ¡ZELADA ENORME, ENORME, ENORME ZELADA! La jugada más importante de nuestra historia, ellos estaban hundidos anímicamente. Aunque teníamos un hombre menos, sentimos en ese momento que nada podía quitarnos la gloria.

Pero hacía falta demostrarlo en el marcador. Ya en la segunda mitad, poco después del mediocampo, el Ruso fue deshaciéndose de todos los rivales, el balón después quedó para Lalo Bacas, que había entrado por Echaniz, y el Tucumano no la pensó para mandarla guardar. 1-0.

En este encuentro hacía falta el toque de casa, del nido, el sello del Americanismo en su máxima expresión: el Capitán Furia, luego de un balón peinado por el Vasco Aguirre, conecta de cabeza para anotar el gol más importante de su vida, y al momento seríamos testigos del festejo más memorable para los aficionados azulcremas. 2 a 0.

Un penal inexistente les dio esperanza a los rivales, pero esa esperanza les duró poco en una excelente acción del Vasco Aguirre, que se vistió de crack, dándose un autopase de tres dedos con la derecha y definir con un zurdazo espectacular. 3 a 1 final. 5 a 3 global.

La venganza se había consumado y los patos no le tirarían más a las escopetas. Iniciaba la lista de éxitos de la más grande época Americanista. El octavo título de liga se consiguió mostrando un gran futbol, y claro, mostrándoles el escudo que desde ese día, ha sido mucho, pero mucho mas grande que el suyo, y hoy, a 37 años, no está de mas recordarlo.