NidoAzulcrema
Afición del Club América
La afición de hoy en día demanda inmediatez desmesurada.

El seguidor azulcrema es por naturaleza un juez implacable de todo lo que acontece con su equipo. Cuestiona absolutamente todo y transmite la sensación de que nadie es digno de vestir la camiseta más que él mismo.

Jura una y otra vez que le pondría más carácter que aquel mediocampista o delantero blanco de críticas interminables.

Probablemente sea verdad.

Ser americanista es un estilo de vida. La pasión por el equipo traspasa los límites de una simple afición. El problema es cuando tal pasión nubla las ideas y deja lugar a la inconformidad, a la exigencia desmedida y al terminar por no saber a ciencia cierta qué es lo que se quiere.

Esta situación es particularmente evidente cuando se habla de nuevos elementos para el equipo.

“La cantera no recibe las suficientes oportunidades”.

Resulta curioso cuando se anuncia el debut de un chico lleno de ilusiones y deseos de trascender con el equipo de sus amores.

Todos desde el estadio y televisión deseamos que sea nuestro representante. Ese nuevo ídolo que respete la camiseta, derroche talento como nadie y nos haga hinchar el pecho de orgullo. Reconocerlo como uno de los nuestros.

El cuento de hadas suele llegar a su conclusión bastante rápido. Basta que el debutante no realice correctamente un par de pases o peor, se pierda un gol a todas luces sencillo.

Entonces, la maquinaria azulcrema se pone en su contra. No sirve. Que se dedique a otra cosa.

Bendita impaciencia.

“América no debe traer mexicanos de otros equipos”.

El escepticismo del americanista puede ser extremo.

Si el jugador no surgió aquí, no tiene nada que hacer. No siente los colores. Solo viene a tapar a alguno de fuerzas básicas. Al fin que nuestra historia se forjó con grandes elementos producidos en casa acompañados de foráneos exquisitos en su juego.

Es cierto.

Pero también es cierto que no todo lo que surge de la cantera es material de primer equipo así como no todos los mexicanos que defienden otras playeras son ajenos a nuestros colores.

No todos tuvieron los recursos en su momento para ir a probarse directamente a las instalaciones azulcremas por lo que terminan tocando puertas más cercanas a sus posibilidades hasta hacerse de un espacio en el fútbol. No por ello son menos americanistas que uno surgido directamente de las entrañas de Coapa.

“¿Y ese de donde salió? Solamente lo conocen en su casa.”

El extranjero joven no es digno de vestirse de amarillo según las creencias americanistas más recalcitrantes. No ha ganado nada, juega en un equipo del que poco se se escucha y tiene todas las pintas de ser un fracaso inmediato. Seguro es negocio de alguien.

Tal pareciera que los más grandes extranjeros de la historia de este club de fútbol eran figuras de clase mundial antes de enfundarse la casaca azulcrema.

Error.

Prácticamente todos los futbolistas considerados leyendas llegaron sin cártel. Eso sí, con un fútbol tremendo que los llevó a colocar trofeo tras trofeo en las vitrinas de la institución.

Así como en el caso de los juveniles que no dan para pinta de crack tras fallar alguna jugada, si el extranjero ejecuta una acción desafortunada, está listo para ser deportado. Que ni se atreva a regresar a Coapa por sus pertenencias. Se le harán llegar a la brevedad posible por servicio de paquetería.

Alguien ha hecho creer al americanismo que en este equipo no hay tiempo. Que los procesos y adaptaciones son para otros equipos y que todo aquel que pise el césped debe demostrar desde sus primeros cinco minutos que llegó para ser el nuevo ídolo.

¿En algún equipo ocurre eso? En serio. ¿En algún equipo sí funciona esa filosofía?

“El cartucho quemado.”

Suerte la que tiene aquel extranjero que empieza a coquetear con sus treinta primaveras o quizá un poco mas allá. Pues está viejo, acabado y como mejor se le conoce en el argot del fútbol, es un cartucho quemado.

Sus años de experiencia sirven de poco, al fin que en América solo se admiten futbolistas de entre veinticuatro y veintiocho años. Antes de esa edad obviamente fue el negocio de algún directivo o entrenador y después de ella ya no tiene fútbol para dar. No importa si el talento para asistir o marcar sigue ahí, si no corre cual corcel pura sangre, está acabado.

La impaciencia es el mal del americanismo desde hace más de dos décadas. De ser un equipo acostumbrado a ganarlo todo se transformó en un equipo que en este siglo, gana un torneo cada cinco años aproximadamente.

La frustración de no levantar títulos de manera seguida, conlleva al aficionado a perder la paciencia, a olvidarse de formas y procesos. Busca por doquier una inexistente varita mágica devuelva al equipo ese estatus de depredador como algún día lo fue.

El americanista de hoy en día quiere todo y nada. Desea a los mejores, pero les cuestiona cualquier detalle. Vive en una especie de sueño guajiro en la que el equipo cuenta con al menos once estrellas titulares y cuatro suplentes que también podrían formar parte del once inicial. Imposible negar que sería fantástico. Sin embargo…

Eso no existe.

Mientras el objetivo de la Federación Mexicana de Fútbol siga siendo que el torneo lo pueda ganar cualquiera, no existe otro camino para regresar al éxito más que trabajar más fuerte que los demás, dar continuidad a los procesos y sobre todo, dar el beneficio de la duda a todos los que llegan.

Suena trillado. Es sin duda un cliché. Pero en América, todos los que llegan se cuecen aparte.

Grandes jugadores han fracasado y desconocidos han triunfado. Todos tuvieron algo en común: lo hicieron dentro del terreno de juego.

Ni antes, ni después.

Se vale cuestionar, sí, pero con consciencia. Con argumentos. No con especulaciones. Es válido por la experiencia como seguidor tener corazonadas sobre quien puede funcionar o no.

Lo que no debiera ocurrir es cerrarse a la posibilidad de que cualquier incorporación —por más extraña que sea en principio— pudiera ser uno de esos once cracks que se anhelan tener en la cancha.

La única forma de saberlo es verlos el tiempo suficiente sobre el césped.

Antes no.